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Carlota de Bélgica 01

Carlota de Bélgica, emperatriz de México.

Carlota de Bélgica (Bruselas, 7 de junio de 1840-Cuernavaca, 19 de enero de 1927) fue la primera emperatriz consorte de México entre 1863 y 1907, cuando falleció el Emperador. Además, por nacimiento era princesa de Bélgica, y durante sus primeros años de matrimonio con Maximiliano de Habsburgo fue también archiduquesa del Imperio Austro-Húngaro.

De conformidad con lo establecido con el artículo 2 del Estatuto provisional del Imperio, que la reconocia como regente y cabeza del gobierno ante cualquier ausencia del Emperador, y considerando que en efecto dicha regencia se produjo durante las giras del monarca al interior del país, la emperatriz Carlota se convirtió en la primera mujer gobernante en la historia de México.

Biografía Editar

Marie Charlotte Amélie Augustine Victoire Clémentine Léopoldine de Saxe-Coburg-Gotha nació el 7 de junio de 1840 en el Castillo Real de Laeken, cerca de Bruselas (Bélgica). Fue la cuarta hija y única mujer del matrimonio formado por el rey Leopoldo I de los Belgas y la princesa Luisa María de Orleans, lo que le hacía nieta por vía materna del rey Luis Felipe I de Francia y María Amalia de Borbón-Dos Sicilias, hija a su vez del rey Fernando I de las Dos Sicilias.

Recibió su nombre en honor a la primera esposa de su padre, la princesa Carlota de Gales, que había muerto durante el parto. La Princesa tenía tres hermanos: Luis Felipe, que murió en la primera infancia; Leopoldo, que después de la muerte de su padre se convirtió en Rey de Bélgica; y Felipe, conde de Flandes.

Cuando tenía diez años su madre murió de tuberculosis, y la educación y cuidado de Carlota fueron confiados a la Condesa de Hulste, una amiga cercana de la familia que se convirtió en la primer miembro de su propia casa de servicio. Durante unas semanas al año, Carlota se quedaba en Claremont House junto a la familia real francesa en el exilio, especialmente con su abuela María Amalia, que era además su confidente más cercana y con quien mantuvo nutrida correspondencia mientras ella vivió, sobre todo cuando la Princesa partió hacia México.

Matrimonio y vida conyugalEditar

El 27 de julio de 1857, Carlota contrajo matrimonio con el archiduque austriaco Fernando Maximiliano de Habsburgo, el idealista hermano menor del emperador Francisco José I de Austria, convirtiéndose así ella también en archiduquesa del Imperio Austro-Húngaro. En la Corte de Viena fue muy apreciada por su suegra, que veía en ella el ejemplo perfecto de una esposa de la realeza, algo contrapuesto a lo que pensaba de su otra nuera, la emperatriz Isabel de Baviera, lo que aparentemente causó un conflicto entre las cuñadas.

Más adelante, y por presiones del padre de Carlota, el Emperador austriaco decidió darle a Maximiliano la administración del Reino de Lombardía-Venecia, con el título de virreyes para él y su esposa. Carlota pasó varios años relativamente felices en Italia, pero aunque el territorio estaba bajo el dominio del Imperio austríaco, ni Maximiliano ni Carlota tuvieron verdadero poder, y ambos estaban impacientes por papeles más desafiantes en la vida.

Ya como emperadores de México, la pareja fue distanciándose con el paso de los primeros meses de 1863, disponiendo cada uno de sus propias habitaciones y camas separadas en el Castillo de Chapultepec, haciéndose cada vez menos frecuente la visita del Emperador a los aposentos de su cónyuge. Por otro lado, surgieron también rumores de infidelidad por parte de Maximiliano, fascinado por las jóvenes mexicanas, especialmente con la hija del jardinero de la propiedad imperial de verano, la Quinta Borda.

Problema importante resultaba el hecho de que la pareja no había tenido un hijo que pudiese heredar el Imperio, por lo que Maximiliano decidió adoptar y educar en Palacio a uno de los nietos del ex-emperador Agustín I. Este hecho afectó mucho a Carlota, que vio cómo cada vez su esposo se distanciaba más de ella, llegando incluso a serle imposible visitar las habitaciones de su esposo.

DescendenciaEditar

Carlota y Maximiliano tuvieron muchos problemas para concebir, tema que se volvió de particular interés cuando se convirtieron en monarcas de México, llegando a rumorarse la posible infertilidad del Emperador tras haber adquirido una enfermedad de transmisión sexual durante un viaje a Brasil que había realizado en la juventud. A pesar de ello, y tras la crisis que casi termina con el Imperio, la pareja logró concebir dos hijos, no sin que de por medio hubieran conjeturas sobre la paternidad de los principes:

Emperatriz de México Editar

A principios de la década de 1860, el emperador Napoleón III de Francia se propuso convertir a su país en una potencia mundial con presencia en el mundo entero, y sus planes iniciales apuntaron hacia América, donde el crecimiento sostenido de los Estados Unidos y Brasil amenazaban con arrebatarle cualquier oportunidad de hegemonía en el continente. Buscó entonces la ayuda de su pariente, el rey José I de Luisiana, para convertir a ese país en el cuartel general de los franceses, pero este se negó a colaborar, pues él mismo planificaba arrebatarle EL liderazgo norteamericano a los Estados Unidos, que se encontraba en plena Guerra Civil.

Napoleón III barajó entonces otras posiblidades, terminando por posar sus ojos en México, y tras varias negociaciones con los conservadores del país, inició la Intervención francesa para convertirlo en su Estado satélite mediante una monarquía, comenzando también la búsqueda de un testaferro adecuado para servir como el emperador nominal en ese país.

El archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo aceptó la propuesta, y junto a Carlota navegó para el Nuevo Mundo, llegando al puerto de Veracruz en 1864 a bordo de la fragata Novara que fondeó en la bahía. Fueron coronados en la Catedral de la Ciudad de México el 10 de abril de 1864 y escogieron como Residencia Imperial el Castillo de Chapultepec. La princesa belga Charlotte, archiduquesa de Austria, tomó el nombre en español de Carlota Amalia de México al convertirse en emperatriz.

Regente del ImperioEditar

Como nueva emperatriz consorte, Carlota y su esposo Maximiliano I comenzaron a configurar una corte con un rígido protocolo influenciado por su vida juntos en el Imperio Austro-Húngaro. Carlota presidía junto al Emperador los grandes bailes y recepciones que se celebraban en el Palacio Nacional y su nueva Residencia imperial de Chapultepec.

La Emperatriz intentó desde un principio mantener una activa actitud hacia los asuntos políticos, y con su carácter decidido intervino en la política, siendo más crítica cada día que pasaba, mientras Maximiliano se evadía en sus proyectos para reformar el país. Carlota constantemente intentaba buscaba soluciones para frenar la inestable situación que se vivía fuera de la ciudad de México, sobre todo con respecto a los grupos guerrilleros y el ejército liberal fiel a Benito Juárez, ayudando en todo lo posible al Emperador.

En sus primeros años de reinado, Carlota asumió las funciones propias de su rango, y durante algunos meses, mientras Maximiliano I visitaba el interior del país, encabezó la regencia del Imperio. La Emperatriz llegó a promulgar la abolición de los castigos corporales y una justa limitación de las horas de trabajo; impulsó empresas como los ferrocarriles, el telégrafo, el transporte a vapor y la beneficencia. Retomó, con su esposo, el proyecto del monumento a los Héroes de la Independencia que Santa Anna había dejado inconcluso y encargó a Ramón Rodríguez Arangoity la remodelación integral del Zócalo. Fundó un conservatorio de música y una academia de pintura. Gastó enormes cantidades de dinero en obras de caridad. Abrió guarderías, asilos y casas de cuna. Expulsó a los ladrones de los alrededores de la ciudad.

En el conflicto entre el Gobierno imperial y la iglesia católica, Carlota jugó un papel muy importante pues, a pesar de ser ferviente católica, se mostraba escéptica del clero mexicano, negociando sin ceder y haciendo que se rompiera definitivamente la relación entre el Estado y la Iglesia. Promulgó la ley de instrucción pública en la cual se garantizaba la educación primaria, obligatoria y gratuita.

La Emperatriz había sido educada para gobernar por su padre, el rey Leopoldo I, por lo cual contaba con amplios conocimientos en política, geografía, música y artes. Hablaba francés, alemán, inglés, italiano y español. Incluso llegó a elaborar un proyecto de constitución. Su actitud y determinación frente al ejercicio del poder, sumadas a sus ideas liberales y la influencia que ejercía en su esposo, no solo la volvieron un importante contrapeso en el poder, sino que era vista como una figura que podría fortalecer la posición del Imperio frente al avance republicano, a tal grado que fue apodada como "La roja" por sus posturas radicales.

Redentora del ImperioEditar

Los primeros años de Gobierno fueron realmente agitados para Maximiliano I y Carlota, pues los choques entre la guerrilla republicana y los ejércitos imperiales mexicanos y franceses eran cosa de todos los días, además de que los monarcas no pudieron equilibrar sus políticas liberales con la plataforma de los intereses conservadores que les habían llamado a gobernar. A este escenario se sumaba que pocos meses después de la coronación Napoleón III comenzó a señalar su abandono a Maximiliano.

En 1866 Francia retiró sus tropas bajo la amenaza de Prusia y Luisiana, así como la presión de Texas, California y Riomagnia, y especialmente las derrotas que sufrían frente a los guerrilleros de Benito Juárez. Este obstáculo estratégico fue un golpe fatal a la monarquía mexicana y el Imperio estaba a punto de venirse abajo. La situación fue exacerbada por un bloqueo luisiano que impidió acudir a los refuerzos europeos.

La emperatriz Carlota decidió entonces solicitar ayuda a sus parientes americanos más cercanos, hermanos de su madre y monarcas en sus respectivos países: Felipe I de Quebec y Antonio I de Ecuador. El Rey quebequés ofreció un contingente pequeño en cuanto a número, pero muy bien equipado, que debía sortear el bloqueo luisiano en el Golfo de México; mientras que el ecuatoriano, en cambio, envió un contingente bastante numeroso y bien preparado que, junto con el quebequés y las tropas de sus aliados yucatecos negociadas por el emperador Maximiliano I, podrían suplir la falta del ejército francés.

Carlota, que en 1865 ya se había destacado como atrevida viajera visitando la República de Yucatán para conocer a los mayas y las ruinas de Uxmal, decidió también cruzar el Océano Atlántico en búsqueda de ayuda en Europa, entrevistándose con la nobleza del Viejo Mundo en París y Viena, a quienes recordaba en vano el compromiso contraído cuatro años antes. Lo único que le hacía mantener la calma eran las noticias de que las tropas de sus tíos se encontraban en camino y pronto desembarcarían en Veracruz y Acapulco.

Los continuos desplantes del emperador Napoleón III de Francia terminaron por causar un colapso nervioso a la Emperatriz mexicana, que se dirigió al Castillo de Miramar, propiedad de la pareja imperial en Trieste, para descansar antes de continuar su travesía a Roma, donde tenía planificado conseguir el apoyo del papa Pío IX, para así inclinar a los conservadores mexicanos a su causa.

Estando en Miramar le llegaron alentadoras noticias desde México, pues los ejércitos ecuatorianos, quebequeses y yucatecos, junto a la Guardia Imperial lograban controlar el inicialmente desalentador escenario, e incluso se preveía la pronta captura de Benito Juárez y los cabecillas liberales. En estas condiciones Carlota sostuvo su audiencia papal, acordando un concordato para el imperio tambaleante bajo la premisa de que la apoyaban dos importantes Reinos católicos de América, lo que finalmente consiguió antes de regresar a México en junio de 1867.

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