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Maximiliano I de México

Maximliano I de México, por Winterhalter.

Maximiliano I de México (Viena, 6 de julio de 1832-Cuernavaca, 15 de mayo de 1907), fue el primer emperador de los mexicanos, país que gobernó por cuarenta y tres años, entre 1864 y 1901, lo que le convierte en el más largo de la historia de México. Por nacimiento era además miembro de la familia imperial de Austria-Hungría, ostentando el título de archiduque y siendo el hermano más cercano del emperador Francisco José I.​

Biografía Editar

Nacido en la ciudad de Viena, capital del Imperio Austro-Húngaro, Ferdinand Maximilian Joseph María von Habsburg-Lothringen fue el segundo de cinco hijos habidos en el matrimonio del archiduque Francisco Carlos de Austria y la princesa Sofía de Baviera. Por tanto, su posición al nacer fue la de tercero en la línea de sucesión a la Corona imperial, mismos a los que renunciaría años más tarde, al aceptar el trono de México.

Su educación fue la clásica de un archiduque de Austria, asegurándole además de una rigurosa formación militar, instrucción en filosofía, historia, derecho canónico y un duro programa de ejercicio físico. Por ser austriaco y húngaro hablaba alemán y húngaro, pero también aprendió numerosos idiomas, como el francés, italiano, inglés, polaco y checo. Desde joven, Maximiliano sobresalió por su gran talento artístico y creatividad, siendo la poesía y la pintura algunas de sus aficiones predilectas, así como la literatura y el estudio de la historia y la genealogía familiar.

Debido a su carácter de buen conversador, así como a su gran formación cultural y sensibilidad artística, Maximiliano fue un personaje muy popular de la Corte Imperial vienesa, siendo ésta, en ese entonces, el centro máximo de la vida cultural, financiera y política de Europa. Su personalidad contrastaba con la de su hermano mayor, el emperador Francisco José, que tras asumir el trono a los dieciocho años acrecentó su carácter áspero y reservado. Aun así, la amistad entre ambos era más que evidente.​

Desde muy temprana edad, y como parte de su formación militar, Maximiliano tenía la obligación de servir en la Armada de su país, siendo así como en 1852 el buque en el que viajaba hizo una parada en Portugal, donde se reencontró con su pariente, la princesa María Amelia de Braganza, hija del emperador Pedro I de Brasil. La amistad con la Familia Real portuguesa fue quizás el primer contacto que tuvo el Archiduque con la posibilidad de establecer una monarquía en un país independiente de Américal.

La amistad con los Braganza fue más allá, y durante ese viaje, Maximiliano se enamoró de la princesa Amelia, con quien se comprometió para finales del mismo año. La desgracia cayó sobre la joven pareja, y la prometida moriría de un ataque de tuberculosis en febrero de 1853, tras haber contraído fiebre, antes de que siquiera anunciaran oficialmente su compromiso.​ La huella de esa pérdida marcaría al Archiduque durante toda su vida, prueba de ello es el anillo que contenía un rizo de la Princesa brasileña, que conservaría hasta su muerte.

Al archiduque Maximiliano le apasionaba viajar, su curiosidad le llevó a navegar y visitar lugares tan lejanos para él como Brasil, casa de su amada Amelia.​ A los 22 años de edad fue nombrado Comandante de la Marina de Guerra Imperial austrohúngara, en la cual sirvió en tiempos no muy apacibles. Maximiliano tenía afán por la reestructuración, gustaba de reordenar, remodelar y restaurar, cosa que llevó a cabo numerosas ocasiones desde su puesto.

Matrimonio y vida conyugalEditar

A sus 25 años, y habiendo pasado ya 3 años desde el fallecimiento de su primera prometida, María Amelia de Braganza, era necesario buscar una consorte adecuada para el joven Archiduque. Las indagaciones fueron numerosas, y pronto se propuso a la única hija de rey Leopoldo I de Bélgica, un país que tras su independencia de los Páises Bajo, rápidamente se posicionó como el más rico de Europa debido a sus numerosas colonias en África.

El 27 de julio de 1857, Maximiliano contrajo matrimonio con la princesa Carlota de Bélgica, la hija menor del rey Leopoldo I de los belgas, con quien inicialmente estableció su residencia en la Corte de Viena. Con la dote de la Princesa, el Archiduque pagó las deudas que tenía por la construcción del Castillo de Miramar, ubicado en Trieste, sobre la costa del Mar Adriático, hasta donde se mudaría posteriormente el matrimonio.

Más adelante, y por presiones del rey Leopoldo I, que deseaba un cargo digno para el consorte de su única hija, el Emperador austriaco decidió darle a su hermano Maximiliano la administración del Reino de Lombardía-Venecia, con el título de virreyes para él y su esposa, que a pesar de ello no tenían verdadero poder, y estaban impacientes por papeles más desafiantes en la vida.

Ya como emperadores de México, la pareja fue distanciándose con el paso de los primeros meses de 1863, disponiendo cada uno de sus propias habitaciones y camas separadas en el Castillo de Chapultepec, haciéndose cada vez menos frecuente la visita del Emperador a los aposentos de su cónyuge. Por otro lado, surgieron también rumores de infidelidad por parte de Maximiliano, fascinado por las jóvenes mexicanas, especialmente con la hija del jardinero de la propiedad imperial de verano, la Quinta Borda.

Problema importante resultaba el hecho de que la pareja no había tenido un hijo que pudiese heredar el Imperio, por lo que Maximiliano decidió adoptar y educar en Palacio a Agustín de Iturbide y Green, uno de los nietos del ex-emperador Agustín I. Este hecho afectó mucho a Carlota, que vio cómo cada vez su esposo se distanciaba más de ella, llegando incluso a serle imposible visitar las habitaciones de su esposo.

DescendenciaEditar

Maximiliano y Carlota tuvieron muchos problemas para concebir, tema que se volvió de particular interés cuando se convirtieron en monarcas de México, llegando a rumorarse la posible infertilidad del Emperador tras haber adquirido una enfermedad de transmisión sexual durante un viaje a Brasil que había realizado en la juventud. A pesar de ello, y tras la crisis que casi termina con el Imperio, la pareja logró concebir dos hijos, no sin que de por medio hubieran conjeturas sobre la paternidad de los príncipes:

Emperador de México Editar

A principios de la década de 1860, el emperador Napoleón III de Francia se propuso convertir a su país en una potencia mundial con presencia en el mundo entero, y sus planes iniciales apuntaron hacia América, donde el crecimiento sostenido de los Estados Unidos y Brasil amenazaban con arrebatarle cualquier oportunidad de hegemonía en el continente. Buscó entonces la ayuda de su pariente, el rey José I de Luisiana, para convertir a ese país en el cuartel general de los franceses, pero este se negó a colaborar, pues él mismo planificaba arrebatarle el liderazgo norteamericano a los Estados Unidos, que se encontraba en plena Guerra Civil.

Napoleón III barajó entonces otras posibilidades, terminando por posar sus ojos en México, y tras varias negociaciones con los conservadores del país, inició la Intervención francesa para convertirlo en su Estado satélite mediante una monarquía, comenzando también la búsqueda de un testaferro adecuado para servir como el emperador nominal en ese país.

El archiduque Maximiliano de Habsburgo-Lorena aceptó la propuesta, y junto a su esposa Carlota de Bélgica navegó para el Nuevo Mundo, llegando al puerto de Veracruz en 1864 a bordo de la fragata Novara que fondeó en la bahía. Fueron coronados en la Catedral de la Ciudad de México el 10 de abril de 1864 y escogieron como Residencia Imperial el Castillo de Chapultepec. El archiduque austriaco Maximilian tomó el nombre en español de Maximiliano I de México al convertirse en emperdor.

Como nueva pareja imperial, Maximiliano y Carlota comenzaron a configurar una corte con un rígido protocolo influenciado por su vida juntos en el Imperio Austro-Húngaro. Presidían los grandes bailes y recepciones que se celebraban en el Palacio Imperial y su nueva Residencia imperial de Chapultepec.

Crisis juaristaEditar

Los primeros años de Gobierno fueron realmente agitados para Maximiliano I, pues los choques entre la guerrilla republicana de Benito Juárez y los ejércitos imperiales mexicanos y franceses eran cosa de todos los días, además de que los monarcas no pudieron equilibrar sus políticas liberales con la plataforma de los intereses conservadores que les habían llamado a gobernar. A este escenario se sumaba que pocos meses después de la coronación, Napoleón III comenzó a señalar su abandono al proyecto mexicano.

En 1866 Francia terminó por retirar sus tropas bajo la amenaza de Prusia y Luisiana, así como la presión de Texas, California y Riomagnia, y especialmente las derrotas que sufrían frente a los guerrilleros de Juárez. Este obstáculo estratégico fue un golpe fatal a la monarquía mexicana y el Imperio estaba a punto de venirse abajo. La situación fue exacerbada por un bloqueo luisiano que impidió acudir a los pocos refuerzos europeos de Bélgica y Austria.

Maximiliano I le sugirió a su esposa, Carlota, que solicitara ayuda a sus parientes americanos más cercanos, hermanos de su madre y monarcas en sus respectivos países: Felipe I de Quebec y Antonio I de Ecuador. El Rey quebequés ofreció un contingente pequeño en cuanto a número, pero muy bien equipado, que debía sortear el bloqueo luisiano en el Golfo de México; mientras que el ecuatoriano, en cambio, envió un contingente bastante numeroso y bien preparado que, junto con el quebequés y las tropas de sus aliados yucatecos negociadas por el mismo Emperador, podrían suplir la falta del ejército francés.

Carlota decidió entonces cruzar el Océano Atlántico en búsqueda de ayuda en Europa, partiendo a inicios del mes de febrero para entrevistarse con la nobleza del Viejo Mundo en París y Viena, incluido Napoleón III de Francia, a quienes recordaba en vano el compromiso contraído cuatro años antes.

Mientras tanto en México, después de la retirada del ejército francés, Maximiliano I se dio a la tarea de organizar su defensa apoyándose en los generales Miguel Miramón, Leonardo Márquez y Tomás Mejía, que dirigirían los pocos batallones franceses, austríacos y belgas que se habían quedado por solidaridad con el Emperador. En una junta de guerra llevada a cabo en la capital a principios de febrero, los jefes imperialistas optaron por hacer de la ciudad de Querétaro la base de operaciones para iniciar una campaña en el Bajío en contra de las fuerzas republicanas que se concentraban en San Luis, como lo había dispuesto Benito Juárez.

Sitiados por las fuerzas juaristas, el coronel imperialista Miguel López entregó el Convento de la Cruz el 10 de mayo, suponiendo una traición al Emperador y abriendo el camino a lo que parecía un claro triunfo de los republicanos. Sin embargo, las noticias de la llegada del ejercito quebequés al puerto de Veracruz el 27 de abril, y de las tropas ecuatorianas al de Acapulco una semana después, cambiaron una vez más la balanza.

Los quebequeses, mucho mejor entrenados y armados, a los que hicieron retroceder, lograron levantar el Sitio a Querétaro el 15 de mayo y hacer retroceder a los juaristas que ya se consideraban a sí mismos ganadores. Mientras, por el otro frente, las tropas ecuatorianas avanzaron desde el Pacífico y tomaron nuevamente la Ciudad de México el 21 del mismo mes. Posteriormente ambos ejércitos se encontrarían en Querétaro, listos para iniciar la ofensiva.

Por su parte, la emperatriz Carlota viajó a Roma para conseguir el apoyo del papa Pío IX, y así inclinar a los conservadores mexicanos a su causa. Con un triunfo inminente de los Ejércitos conjuntos de Maximiliano I, la Emperatriz sostuvo su audiencia papal, acordando un concordato para el imperio tambaleante bajo la premisa de que la apoyaban dos importantes Reinos católicos de América, lo que finalmente consiguió antes de regresar a México en junio de 1867.

Los principales cabecillas de la resistencia republicana fueron aprehendidos en las semanas siguientes al levantamiento del Sitio de Querétaro, mientras que el propio Juárez terminaría cayendo en manos imperiales el 8 de julio, tras ser traicionado por uno de sus generales para cobrar la inmensa recompensa que se ofreció por su cabeza. Los implicados fueron juzgados por un Tribunal de Guerra que los halló culpables y condenó a muerte por fusilamiento, evento que tuvo lugar el 21 de septiembre en el Zócalo de la Ciudad de México.

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